lunes, 28 de noviembre de 2011

Víctimas y Victimarios en la Violencia de pareja

¿Qué significa ser Víctima y Victimario en la Violencia de Pareja?

 Por Pilar Pascual Pastor


Es frecuente escuchar la pregunta ¿por qué una mujer aguanta la violencia de su pareja? Sin embargo, por lo general, nadie se cuestiona, al mismo tiempo, ¿por qué un hombre necesita ser violento, en ocasiones hasta llegar a matar, a la persona que supuestamente más quiere?

Para la mayoría de la opinión pública, la respuesta a la primera pregunta la buscamos en la propia mujer y achacamos su falta de respuesta únicamente a su responsabilidad (y entonces llegamos a escuchar barbaridades del tipo, “algo habrá hecho ella”, “seguro que se lo merece”, “es que le va la marcha”, “si está con él por algo será”, o bien opiniones sobre la supuesta falta de capacidad de las mujeres, “a donde va a ir con sus hijos e hijas si no tiene donde caerse muerta”…). Y con esta lógica, la responsabilidad de él, el agresor, se diluye o incluso se justifica.

"40 años de Felicidad". Imagen: Kostas Satlanis


¿Por qué en la violencia del hombre hacia la mujer, no tenemos claros los roles de víctima (la persona que sufre la violencia, a la que hay que proteger) y de victimario (el responsable de ejercer la violencia, el que tiene que responder por ello)? Igual de claro, al menos, que lo tenemos con cualquier otro delito violento sobre las personas.

La respuesta a esta pregunta es esencial para comprender, por qué tenemos esta doble vara de medir y por qué está costando tanto erradicar esta terrible lacra social.

Vivimos en una sociedad asentada en la legitimación de diferentes formas de violencia, camufladas hipócritamente en valores como el poder, la fuerza, la competitividad, el éxito, las metas individuales…

Todas las personas estamos acostumbradas a soportar un alto nivel de violencia que llegamos a normalizar. Desde la infancia a los niños y las niñas se nos posiciona de forma diferente ante esta violencia. Todavía hoy es muy normal, que se anime a un niño a devolver una agresión y a una niña a pedir ayuda si la recibe.

Este tipo de violencia se crea al organizar el mundo a partir de una diferencia construida arbitrariamente, como es el género. La violencia se permite y está tan interiorizada en cada una de las personas, que crecemos siendo permisivas a relaciones de “mal” trato. Llegamos a creer que es legítimo dudar de si la víctima es realmente una víctima y si el agresor es realmente el culpable. Cuando la realidad demuestra de forma contundente, que los hombres son los victimarios y las mujeres las víctimas, más del 90% en ambos casos.

Y si la violencia de género está legitimada en nuestra sociedad, también lo está en las cabezas de sus protagonistas y de los/as profesionales que la atienden, policías, abogadas/os, jueces y juezas, profesionales sociales y sanitarios que están implicados en la intervención de estos delitos.

A lo largo de estas reflexiones me propongo explicar las coincidencias y los aspectos diferenciales de la doble cara del problema de la violencia que sufren las mujeres de sus parejas. Y al mismo tiempo, desenmascarar las nuevas formas de machismo, que han ido aflorando desde que la reciente Ley Integral de Violencia de Género entró en vigor, y que mayoritariamente están dirigidas a banalizar el problema, a justificarlo y sobre todo a seguir des-responsabilizando a los hombres de sus comportamientos.


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martes, 22 de noviembre de 2011

¿Crees que violencia de género son sólo los golpes o se prepara el terreno con la violencia psicológica?

LA VIOLENCIA PSICOLÓGICA

Por Pilar Pascual

Cuando hablamos de maltrato a las mujeres dentro del ámbito de la pareja, o lo que recientemente se conoce con el término de violencia de género, todos y todas tendemos a pensar en la violencia física. Sin embargo, es muy difícil que una relación de pareja se construya desde el comienzo sobre las agresiones físicas, primero hay que “preparar el terreno”.

Antes de la violencia de física, se producen una serie de comportamientos interactivos dentro de la pareja, que son muy difíciles de percibir como violencias, pero que son la esencia de la misma, su “caldo de cultivo”. Nos referimos a las microviolencias o micromachismos. Este tipo de comportamientos intentan mantener el dominio y la supuesta superioridad del hombre sobre la mujer, se resisten al desarrollo de la autonomía de la mujer, al aumento de su poder personal o interpersonal. Estos comportamientos van, desde mantener los roles de género en el hogar totalmente delimitados, con independencia de que la mujer trabaje fuera del hogar; a no tener en cuenta las opiniones de ella en temas familiares; a controlar el dinero; a culpar a la mujer por todo lo que ocurre dentro de ámbito familiar; a hacerla dudar de sus capacidades; hasta las descalificaciones, insultos, o faltas de respeto, etc... Al conjunto de todas estos comportamientos se les denomina maltrato o violencia psicológica, y siempre preceden al maltrato o violencia física, sólo cuando el primera deja de funcionar se pone en marcha la segunda, se suma a la primera. Someter a una mujer, día tras día, a la violencia psicológica consigue provocar en ella inhibición, desconfianza en sí misma, y disminución de su autoestima, además de sentimientos de desvalimiento, confusión, culpa y dudas.

En este artículo queremos reflexionar sobre qué predispone a una mujer a llegar a ser víctima de violencia por parte de su pareja o mejor dicho que aspectos son los responsables dentro de la personalidad de una mujer que la hacen no detectar las primeras formas de violencia. Nuestro objetivo es concienciar a las mujeres, de que somos capaces de cambiar y aprender a tener y reivindicar relaciones de buen trato, primero con nosotras mismas y después con los demás, y así poder desechar el maltrato, nada más percibirlo.

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lunes, 21 de noviembre de 2011

El cuerpo de las mujeres: ¿por qué nunca estamos satisfechas?

Nuestro cuerpo siempre expuesto a ser mirado, escrutado, examinado, admirado, y eternamente juzgado por la mirada ajena, bien del hombre que aprueba y decide, bien por otra mujer que evalúa si estás o no dentro de los límites de la belleza impuesta. Es decir si cumples con lo esperado de ti para ser aceptada, conseguir una pareja y ser sexualmente atractiva, e incluso conseguir el éxito total, porque para muchas de nosotras tener un cuerpo “diez” es garantía de felicidad, como un plus que nos abre las puertas. Y también a la inversa, cuando somos o nos sentimos feas, somos como sospechosas y nos enfrentamos a la vida con una gran barrera.

Todas sabemos el tiempo que consumimos pensando si nuestro cuerpo está bien o mal, si entra en un pantalón o en otro, y todo el sufrimiento y la amargura que nos genera en determinadas etapas de la vida. Y sobre todo la falta de confianza que genera en nosotras mismas.

Todas las mujeres desde niñas aprendemos que uno de nuestros valores personales es la forma y el tamaño del cuerpo, y más concretamente de algunas partes de él (una cara bonita, unos pechos generosos, una cintura estrecha,…) y, claro, también aprendemos que ser evaluadas por ello es parte intrínseca y totalmente normal de nuestro ser mujer.

La belleza, término abstracto, subjetivo, generador de discusión, debate y por supuesto, controversia en todos los campos donde se intenta definir. Todos excepto cuando hablamos de la belleza femenina, en la que parece haber un acuerdo casi total, que sólo varía dependiendo del momento histórico. En la actualidad, parece que son bellas principalmente las mujeres jóvenes, blancas, delgadas, con labios y pómulos abultados, clavículas marcadas, pechos generosos... Hasta tal punto esto es así, que madurar y/o envejecer parece que estuviera “prohibido” y muchas mujeres arriesgan su propia salud sometiéndose a tratamientos de todo tipo para seguir siendo eternamente jóvenes y delgadas. Además este modelo-tipo de mujer bella lo impone occidente, el llamado primer mundo, para todas las mujeres del mundo, lo que implica que el resto de razas son susceptibles de no ser bellas. Así las mujeres orientales corrigen sus ojos para que sean más redondos y las mujeres de piel oscura intentan aclararla para que parezca más blanca, las indígenas se tiñen, rizan o alisan el pelo…

En cada época histórica, se decide el canon de belleza que debe regir, normalmente muy difícil de cumplir para la mayoría de las mujeres, y se convierte en uno de sus referentes para casi todas las mujeres en dicha sociedad. Así es como aprendemos a valorar nuestro bienestar, en función de que nuestro cuerpo se acerque más o menos a dicho canon. Es decir lo que opinamos de nuestro cuerpo y cómo nos sentimos de a gusto con él, conforma una parte muy importante de nuestra autoestima. Si la autoevaluación es negativa estamos atentando directamente contra nosotras mismas y nuestro bienestar personal.

Os propongo un ejercicio de reflexión, en forma de preguntas, para entender este sinsentido en el que estamos metidas la mayoría de las mujeres:

• ¿Qué sentido tiene incitar a las mujeres desde pequeñitas a perseguir un canon de belleza, en la mayoría de las veces es un imposible?

• ¿A quién le interesa que estemos embobadas en esta absurda tarea?

• ¿Por qué interesa que las mujeres estemos siempre dudando de nosotras mimas?

• ¿Qué sería del mundo si las mujeres (más del 50% de la humanidad) hubieran aprovechado todo ese tiempo y esfuerzo, en algún objetivo más productivo y beneficioso para todas/os nosotras/os?

• Esta presión sobre nuestro cuerpo, ¿tiene algo que ver con que las mujeres no conseguimos estar en otros ámbitos de poder social, laboral,…?

Pilar Pascual

martes, 15 de noviembre de 2011

De qué hablamos cuando hablamos de violencia de género

ACLARANDO CONCEPTOS

Actualmente hay una gran confusión con los términos que se emplean al referirse a la violencia contra las mujeres.

Se habla de violencia de género; de violencia de pareja; de violencia familiar o intrafamiliar; y de violencia doméstica, indistintamente, a pesar de que cada uno de estos términos hacen referencia a distintos ámbitos y diferentes protagonistas, tanto en lo referente al sexo de los agresores y de las víctimas, como a las causas y a los objetos de estas violencias.

1. La VIOLENCIA DE GÉNERO es la que ejercen los hombres sobre las mujeres (física, psicológica o sexualmente), por el sólo hecho de ser mujer.
Es la violencia más extendida en la humanidad.
Las cuatro condiciones que debe cumplir para ser violencia de género son:
a. El AGRESOR: siempre es un hombre.
b. La VÍCTIMA: siempre es una mujer.
c. La CAUSA: las relaciones de poder entre los sexos por la socialización genérica (dominación del hombre y sumisión de la mujer).
d. El OBJETIVO: el control y el dominio de las mujeres.

2. La VIOLENCIA DE PAREJA es una forma de violencia de género cuando la ejerce la pareja o expareja afectiva sobre su mujer (90%).
No es de género si la agresión la ejerce la mujer sobre el hombre, por no darse las condiciones referidas anteriormente, ya que la mujer carece del poder social que le otorgue una situación privilegiada frente al hombre. Además las causas más frecuentes suelen ser la defensa personal o la reacción a la acumulación de microviolencias o violencias que ejerce su pareja masculina sobre ella.

3. La VIOLENCIA FAMILIAR es violencia de género cuando la ejerce cualquier miembro masculino de una familia sobre una mujer de una familia sobre una mujer de esa familia (90%). Como por ejemplo, un padre sobre su hija; un hermano sobre su hermana.
Aquí también se incluiría la violencia de pareja, explicada arriba.
No sería de género la que ejerce, por ejemplo, una madre sobre su hijo o hija; ni la de una hermana sobre su hermano o hermana.

4. La VIOLENCIA DOMÉSTICA es violencia de género cuando la ejerce un hombre sobre una mujer en un grupo de convivencia doméstica: También pueden ser familia o pareja, pero no necesariamente. Por ejemplo, cuando en la convivencia de un grupo de estudiantes un chico agrede a una chica.
No sería violencia de género a la inversa por los motivos explicados.

5. OTRAS VIOLENCIAS DE GÉNERO que cometen los hombres contra las mujeres son:
a. Las violaciones;
b. Los abusos sexuales y el incesto;
c. La prostitución;
d. La pornografía;
e. El tráfico de mujeres;
f. El tráfico de niñas-os;
g. Las E.T.S. (Enfermedades de Transmisión Sexual);
h. El SIDA o VIH.


Desde los actores más conservadores y reaccionarios de la sociedad, no se quiere hacer distinciones entre la violencia de género y las que no lo son. Prefieren llamarla violencia familiar o violencia doméstica, invisibilizando, de esta manera, que los agresores son mayoritariamente hombres (más del 90%) y las víctimas, mayoritariamente mujeres (más del 90%). Incluso, la Real Academia de la Lengua Española elige poner como ejemplo el minoritario maltrato de una mujer sobre el marido. ¿Casualidad o premeditación sexista y cómplice?

SOLEDAD MURUAGA